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No Blasfemes al Aire. Algo Podría Oírlo

Publicado en Concurso de Cuentos y Relatos de Terror > Visto: 4145

De como hemos cuidar de despertar los bichos del inframundo e mucho menos burlarnos de ellos y como las vidas relajadas acaban a menudo perdidas y en tragedia. Autor: Juan Carlos Manzanero Lucas-Vaquero

Aquella noche ventosa de otoño, en la que la Luna brillaba por su ausencia, las callejuelas del medievo traían un dulce aroma a frescura y humedad de la tormenta de la tarde y las estrellas brillaban espléndidas, arrojando una luz fría y sepulcral que contrastaba armoniosamente con la pálida y cálida luz amarilla que emergía de los candiles de las cruces antiduelo que asaltaban desde las tapias de las múltiples iglesias que jalonaban la ciudad, con la esperanza de que los galanes, de labio rápido, mordaz y ego subido a costa del vino, no osaran batirse bajo la luz de la iglesia y la cruz del Señor.

Precisamente dos fornidos mozos tocados con sombrero, capa y espada en ristre, siempre presta a la vendetta y la disputa, bajaban por el callejón del diablo, después de recorrer sus tabernas favoritas, mesones y lupanares. Habían degustado esa noche todos los placeres de la vida, el mal vino y las mujeres hermosas, o no tanto, porque ya saben que el vino hace milagros.

Mientras bajaban por la silenciosa, oscura, estrecha y desierta callejuela, maldiciendo su suerte y al malandrín que osó empedrar esas calles con tan resbaladiza piedra, untada en todas sus formas de bosta de burro, vaca y otros rumiantes a la vez que sumergían sus botas en algún que otro charco de orín, decidieron parar para poder así maldecir a gusto y evitar caer entre tanta inmundicia por algún resbalón agravado por la cogorza que pacientemente se habían agarrado.

Lo cierto es que aquella estúpida noche, en la que las calles traían el húmedo olor del estiércol, y de las cuadras brotaban profundos efluvios que sus adormecidos sentidos no podían captar, esta pareja de necios, que entre los dos valían menos que un rebuscador de garulla, siempre dispuestos a la bronca y la camorra: maldijeron tan alto y fueron tal las blasfemias que surgieron de sus avinagrados labios y de sus podridos dientes de hereje, que algo en los mas profundo de los basamentos de la ciudad, se despertó irritado para darles caza.

Mientras nuestros dos herejes blasfemaban y se abrazaban en un vano intento de no caer y a la vez decidían en cual de las múltiples posadas acabarían de regar sus estómagos con algún vino aguado y sin sabor; un antiguo ser se despertaba. En lo profundo de las laberínticas y sórdidas cuevas, oscuras criptas, y tétricos sótanos olvidados, que recorren los cimientos de la ciudad de las ciencias ocultas y la nigromancia, un golem cobró carne y vida. De los antiguos conocimientos de un alquimista ejecutado, un golem incompleto que un día iba a servir para perseguir la injusticia y la herejía y que ahora había despertado merced de la blasfemia y algún oscuro hechizo, que dos estúpidos de labios trabados por el vino pudieron decir al azar. Su único objetivo ahora era matar, quitar de su camino cualquier impedimento y regresar de nuevo a descansar, a dormir en paz hasta su próxima misión.

Afortunadamente para el resto de la ciudad, nuestros necios favoritos habían despertado al bicho con intención de matarles a ellos mismos y no con la intención de vengar a su creador, chamuscado ligeramente por hereje, después de llevar puesto el San Benito durante semanas, por aquello del escarnio y el vilipendio público que tan de moda estuvo en ciertas épocas. Aquello habría sido una catástrofe, pero afortunadamente para el resto del mundo, solo iban a morir ellos mismos... o no. Porque ya puestos a jugar con las antiguas artes, arrastrados por el vino, el resultado puede resultar, cuanto menos, impredecible.

Mientras caminaban a trompicones por la estrecha calle, un antiguo ser se recortó al fondo y se mantuvo en pie observándoles desde lejos. Nuestros dos rucios predilectos lo observaron también. Hecho que condujo naturalmente a que se rieran a más no poder. Se rieron, y se rieron hasta casi reventar, de aquel curioso ser de unos dos metros treinta de altura y ciento noventa kilos de duro músculo. Con su tórax como un toro, sus arqueadas piernas de gorila, sus ojillos verdes inyectados en sangre con pupila rasgada y sus prominentes colmillos de perro pachón, sin mencionar sus rústicas uñas de tres centímetros capaces de cortar una armadura de aguerrido caballero andante, como si fuera el envoltorio de aluminio de un bocata de choped y por no hablar de la potencia de su espléndida musculatura, cubierta de una ruda piel verdosa con extrañas llagas y costras. Y por no hablar... en realidad, podríamos hablar mucho de este ser, por ejemplo de su innata capacidad para arrancarte un brazo, roncharlo y escupirlo en menos de tres segundos, pero no hablaremos más de estas cosas, que me da repelús.

Quizá si fuera Halloween y hubiésemos visto a semejante monstruo por la callejuela, también nos habríamos reído un rato, y ademas le hubiésemos echado plátanos para ver si come. Si se los come y no pide güisqui para botellón, es mala señal.

En cualquier caso, si yo hubiese sido uno de esos dos lelos, no me habría reído tanto. Pero ellos, nuestros dos aventajados pollinos, con su capacidad innata de buscar los problemas, pues sí. Rieron y rieron y rieron y el bicho se acercó a ellos. Con un movimiento ni rápido ni lento de su formidable brazo que abarcó de hombro a ingle del primer memo, aparentemente no sucedió nada, así pues, siguieron riéndose. Hasta que al primer infeliz ,se le salieron silenciosamente las tripas y se extendieron por el suelo. Aquello ya no debió hacerle tanta gracia, porque empezó a llorar. Mientras lloraba e intentaba recoger sus tripas rebozadas de estiércol y volver a metérselas dentro, su amiguete que ya no reía, y que tenía los ojos tan abiertos que sus retinas reflejaban más luz que el lucero del alba, intentó correr como pudo por la resbaladiza cuesta que conformaba la callejuela. Su amigo intentó seguirle, pero se enredó con sus propias tripas unos metros mas allá, donde cayó y fue rematado por el inmisericorde golem, que lo desmembró en un instante y amontonó sus restos en la puerta de una cuadra. No sin antes relamerlos y mascarlos durante un rato. De echo, el infeliz, estuvo vivo casi hasta el final y pudo ver de primera mano, como el golem se tomaba un aperitivo con sus bracitos y piernecitas. Más o menos como quien se toma unas alitas de pollo con un botellín o dos.

Cuando el animalico se cansó de oír los gemidos del infeliz, que más bien parecía un perro al que estaban pisando el rabo y no un payaso al que se estaban merendando, le estrujó la cabeza como quien estruja una lima para hacer mojito. El hueso al quebrarse sonó como un trueno. La presión fue tan grande que los ojos estallaron y salieron despedidos como los cantos de una honda. La bóveda del cráneo colapsó y el cerebro licuado se escurrió entre las zarpas del bichejo como si fuera argamasa fresca. Viendo el animalico que se le había acabado la juerga, decidió amontonar la escoria y seguir sus aventuras en pos del siguiente lerdo...

Mientras un memo pasaba a buscar el cielo de los desventurados, el otro corría, corría y corría. Las fantasmales calles, los relieves esculpidos en la fría piedra de cientos de iglesias, las múltiples leyendas que jalonan cada centímetro de la ciudad, la oscuridad lacerante y la tormenta que se había cernido inadvertidamente mientras su amigo era desmembrado no hacían mas que aumentar su miedo. Corrió y corrió hasta que las fuerzas se le quebraron, la fatiga se adueñó de su carne y el miedo que era dueño de su alma ya no le pudo subyugar más. Mientras su cerebro ejecutaba un "reset" duro y sus órganos luchaban por no estallar, cayó de bruces entre los desechos que poblaban la calle y allí quedo tendido, entre grandes estertores, arropado por la noche y el relente.

Al romper el alba, mientras los vecinos retoman sus quehaceres habituales; se uncían los rucios, se vaciaba el orinal, se almorzaba panceta al calor de alguna brasa del día anterior. Una sirvienta encontró muerto a un hombre en la calle. Su capa estaba enganchada en los ornamentos de una recargada reja, estaba rebozado en inmundicia y su cara tenía una expresión de tanto pavor, que las mujeres no hacían sino persignarse y rezar, y los hombres guardaban un profundo silencio mientras se dirigían miradas temerosas. Según dijo el barbero, ese hombre había muerto de miedo.

Por esa hora, su amigo se despertaba. A los pies de una hornacina, bajo la mirada acusatoria de una virgen negra, nuestro protagonista despertó. Apenas podía tenerse en pie, aterido por el frío, la fatiga y la resaca, magullado, maloliente por las consecuencias del miedo, y con un temor insondable alojado en su alma; puso rumbo a su casa, bajo las miradas atónitas de cuantos encontró a su paso y osaron mirarle a los ojos. Unos ojos que solo trasmitían un sobrenatural vacío. Al día siguiente donó sus bienes a la caridad e ingresó en uno de los múltiples monasterios que poblaban y pueblan la ciudad, dedicando su vida a partir de entonces a la oración, la caridad y el recogimiento.

Según se supo después, por las buenas lenguas, que fomentan el rumor y la leyenda: Nuestros dos personajes, cegados por el vino y tras blasfemar contra todo lo humano y divino que se les pasó por la mente, presas de una fenomenal cogorza y de las malas pasadas de la noche, a cuya luz todos los gatos son pardos, todos los ruidos son oscos y todas las sombras son fieras: Fueron llenándose de temor, temor que no hacía más que acrecentarse cada segundo que pasaba. Todos los mitos, leyendas, rumores, sentencias de fuego purificador que atenazarían a los herejes de por vida, calaron en su alma. Todas sus tropelías realizadas pasaron por sus mentes y se sintieron irremisiblemente perdidos. Todo lo que oyeron, todo lo que vieron, todo lo que pensaron y sintieron en esos minutos se transformó en miedo. Un temor infinito y sobrenatural, una angustia marina salida de las profundidades del mundo los hizo suyos. Al huir, uno murió de miedo cuando su capa se enganchó a una gran reja de forja y éste se sintió agarrado y preso de las criaturas del inframundo. Viscosos y repugnantes seres salidos del lodo de la calle, que lo envolvían con sus húmedos cuerpos para arrastrarlo a las profundidades del mundo, donde el infierno eterno lo acogería de por vida, dándole cobijo y tormento. El otro estuvo presto de hacerlo, pero la muerte no le alcanzó y le salvó su cuerpo que perdió el sentido, o bien la providencia, bajo cuyos pies despertó.

Lo cierto amigos, es que en uno de los puntos más energéticos del planeta, poblado desde el albor de los tiempos, y sede de la magia y las artes adivinatorias, nadie puede saber con exactitud lo que bajo nuestros pies se esconde. Es mejor por tanto, pensar lo que se dice e intentar no despertar nada... por lo que pueda pasar...

FIN.

Publicado en: http://compendiodetontas.blogspot.com.es/p/i-certamen-relatos-rutas-de-toledo.html

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